lunes, 12 de agosto de 2013

El fin de la crítica II (Del caracazo a Wiston Vallenilla)

 Por Roland Denis

En un artículo anterior estábamos viendo cómo dentro del proceso del los pueblos, en los altibajos de la misma lucha popular, hay una ley que cumple su lógica. Decía: emprendemos la acción critica en función del extender el diálogo general y la evolución creadora del pensamiento dentro de un proceso revolucionario. En su curso ese contexto dialógico muere o se reprime porque no somos una sociedad de iguales, y por lo tanto la palabra de uno vale más que la otra (una comunidad organizada jamás estará a la altura de lo que diga Lorenzo Mendoza o cualquier sifrino de la oposición), pero además se nos incuba una burocracia que como ella misma sólo sabe vivir bajo el rocío de las adulancias, la obediencia estúpida, y por supuesto, la complicidad del silencio y la acriticidad, mentalidad que se impone como política comunicacional oficial. 

Disuelta la constructiva polémica, como pueblo en lucha, pasamos entonces al formato de las reglas establecidas y la confrontación pacífica mediante denuncias de ley, pero tampoco se aceptan, la crítica formal, legal y pacífica queda en el limbo de la impunidad, del desprecio absoluto del “Estado de derecho” frente a la denuncia popular. En la evolución de los hechos, tiende por razones casi naturales a tensarse la situación, la lucha de clases sigue su curso, se producen los acontecimientos de revuelta y finalmente dentro de su devenir lógico no queda otra salida que la crítica de la acción directa y decidida hasta llegar a las armas, las que tenga el pueblo que se dispone a emanciparse del opresor: es la guerra de liberación.

Esta es una dialéctica cuya estructura está enclavada en la historia de las revoluciones sociales en sus especificidades, entre ellas la nuestra, claro está, la que vivimos hoy mismo. Ahora no hay mejor lugar de constatación de cómo muere un ambiente de sana confrontación de ideas y consideraciones que en los hechos que se incuban en la pequeña y palaciega historia del poder constituido: sus tribus, discursos y formas de confrontar los retos por los cuales atraviesa, y convertirlos en decisiones políticas de envergadura. 

Como lo han denunciado cualquier cantidad de compañeros, la forma en que se han elegido los candidatos a alcalde y concejales por parte del PSUV y sus partidos de cola, es verdaderamente el colmo de la arbitrariedad y el autoritarismo, la pérdida del más mínimo sentido de respeto por parte de una supuesta dirección hacia las bases locales que la apoyan, pasándose por el forro cualquier criterio de consenso y democracia de base. 

Su decisión política fue esa, siendo en realidad un mecanismo de negociación entre sus propias tribus internas: un candidato para mí, otro para ti, y si no te gusta te la calas o te vas... (¡Pobrecita, Guarenas! ¡Hasta la más podrida corrupción ya despachada por los trabajadores de Guayana, ahora se la impusieron a ellos, por la razón que sea, salvo la vida, la gracia transformadora, y así en cualquier cantidad de sitios!) Este es el clima en su plano concreto por poner fin al ambiente crítico y de auténtica participación colectiva.

De allí llegamos a Winston Vallenilla, perfecta decisión para ganarse algún mantenido adicto a Venevisión entre los tantos de Baruta, y alejar a los luchadores populares uno de los cuales le costó la vida por su condición de tal en los ataques fascistas del 15 de Abril. La próxima será la chilindrina nacionalizada para defensora del pueblo y la nueva Miss Venezuela de diputado. No hay problema en definitiva estas decisiones que buscan un espectáculo seductor una vez perdida la figura de quien era cuando le daba la gana un verdadero espectáculo, me refiero al presidente Chávez -un espectáculo con causa y contenido-, son actos que los reflejan a ellos- ellas mismos. Es el proceso largamente constatado de distanciamiento hasta el punto de la confrontación entre “la revolución popular bolivariana” y una dirección política oficializada y vendida al público por el sistema público y privado de comunicaciones, incapaz de estar de lado -por lo general jugando el papel de contra o de sapos- de las verdaderas luchas que todos los días protagonizan aquellos que se han tomado verdaderamente a pecho esta revolución.

Del pueblo del 27 de febrero a Winston Vallenilla no hay nada que buscar, es la revuelta del pueblo enfrentada a los cálculos del marketing electoral. La actual dirección del PSUV inaugura así su entrada dentro de la decadencia de la democracia representativa como fenómeno mundial que busca en el espectáculo vaciado su salvación pero además le sigue las pasos a los últimos momentos de la cuarta república reciclando políticamente seres aborrecidos por todo el mundo en plena campaña “contra la corrupción”. ¿En qué va acabar esto?, ¿De qué sirve la palabra critica en situaciones como esta?

Más allá de las rabias la verdad es que no mucho, la critica real colectiva, no la que se queda encerrada en los escenarios “de los críticos” sus seguidores y perseguidores, como decíamos ante hechos como estos tiende a desplazarse a nuevos escenarios más formales o de acción directa, cosa que se traduce en este escenario electoral en la aparición muy bienvenida de candidaturas fuertes y clasistas confrontadas abiertamente con este status decadente. No las nombro para no rayarlos por los momentos; eso sí, no son pocos. Pero quizás todavía queda promover una visión de contexto y sobretodo frente a esta situación que se revela con las candidaturas que puede ser de ayuda, ya que demasiada gente ante la indignación que ha causado todo esto en tantos lados, se ciega y  queda atrapada en la ilusión electorera o dándose cuenta que el verdadero proceso irrumpe por otros espacios y lugares de lucha por el poder.

Entre el caracazo y Winston Vallenilla hay un hilo que corre y es la crisis del estado petrolero ya corporativizado y miltarizado en los últimos años. Vivimos una decadencia continua que los “dirigentes” que se han montado durante los años de la presidencia de Chávez no han entendido para nada, y por el contrario comienzan a mimetizarse precisamente con los comportamientos gracias a los cuales el pueblo se rebeló hace 24 años. Creen que pueden sobrevivir en la adulación diosificante de Chávez como “hijos del mismo”. Por ahora les sirve, pero bajo ese comportamiento, y además envueltos en una cadena crítica económica de la cual tampoco quieren hacer nada por salir más allá de buscar nuevos dólares y así palear las circunstancias de momento empeorando cada día la crisis estructural del capitalismo de estado e improductivo, estamos montados en una bomba de tiempo. En ese sentido poco importa el problema de la arbitrariedad de las candidaturas, es el reflejo de lo que son en estos momentos y pareciera que no hay líder entre ellos que quiera desprenderse de esta condena a la cual ellos mismos se han metido como un callejón sin salida. Atrapados sí entre los líos entre Maduro y Diosdado y vaya a saber cuántos otros de los emblemáticos, pero ninguno da el salto. 

Tanto es lo que poco importa, que me atrevo a decir que bajo estas circunstancias hasta no sería malo que los escuálidos se lleven una buena tajada de alcaldías y comiencen la agitación conspirativa que tanto necesitan con una cuota en el estado de representatividad muy grande. Esto forzaría el devenir ineludible de esta revolución que es la formación de una verdadera dualidad de poderes y comenzar a mandar de una vez al carajo las estructuras de mando territorial del poder constituido actual y las direcciones políticas que las han acaparado.

La revolución social tiene que comenzar en algún momento es la orden del pueblo del 27F y el 4F. Quizás este no es ni mucho menos el mejor momento del movimiento popular por su despolitización y amarre a las estructuras burocráticas, sin embargo ya hay materia prima suficiente desde el punto de vista organizativo para voltear las circunstancias y empezar a construir realmente una nueva república popular y autogobernante. Esta va a ser una pelea bestial que sirve entonces la palabra crítica al menos para advertirla.

Hacia adelante es imprescindible la formación de movimientos que arraiguen sus estrategias territoriales de poder y defensa colectiva, de producción y formación, y empezar desde el año próximo una nueva era de esta revolución. Visto desde este punto de vista, la cochinada que envuelve en general a la democracia representativa venezolana nos conviene que siga su pudrimiento, pero eso sí, estemos preparados porque las batallas no se ganan rezándole al espíritu ni al cristo tan divulgado en los últimos meses, sino siendo el espíritu real y colectivo sembrado en la historia rebelde que nos inspira. Que viva el pensamiento y la razón de todos.



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